
Hace años, en algún lugar de Venezuela, vivían unas guacharacas. Eran unas aves hermosas, de plumas que brillaban al sol. Tenían un canto suave y melodioso y habitaban en los árboles de un bosque. Allí, hasta el río cantaba.
Un día, mientras las guacharacas se bañaban en el río, una de ellas miró su reflejo en el agua y vio que su plumaje estaba más oscuro. Extrañada, detalló al resto. Todas lucían igual. Sus plumas ya no brillaban y eran de un color marrón.
Luego, observaron cómo el color del río también había cambiado. El agua ahora era turbia. Alarmadas, reunieron a todos los animales del bosque. A la reunión asistió un gavilán. Él contó lo que acaba de descubrir:
-En la cabecera del río vi unos tubos de los cuales brota un líquido oscuro y maloliente que cae al cauce. También construyeron casas cerca de allí, y las personas que viven en ellas lanzan paquetes llenos de desperdicios.
-Ahora sé por qué nosotras estamos cambiando de color – dijo una guacharaca exaltada.
Días después, la armonía del canto de las aves comenzó a romperse. Desde el amanecer, se oían fuertes ruidos de máquinas que le impedían comunicarse.
Así, las guacharacas empezaron a cantar cada vez más intenso, para poder escucharse y entenderse, y comenzaron a expresarse con sonidos que parecían gritos. Con éstos, ellas podían oírse por encima de cualquier ruido.
Desde entonces, aquellas guacharacas tienen su color característico y el canto fuerte por el cual las conocemos. Pero siguen siendo unas hermosas aves marrones, que cantan imponentemente para recordarnos que deben cuidar el ambiente y no seguir haciéndole daño.
José M, Rodríguez Requena
(venezolano).
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